El Jardinero de Ochákov – Andrei Kurkov In Blackie we trust

El Jardinero de Ochákov es uno de esos claros ejemplos de librazos inolvidables que, de no ser por el sello de confianza que suele suponer el trabajo de una editorial independiente como Blackie Books, probablemente nunca hubiera pasado por mis manos. Una pequeña obra maestra situada en un tiempo y un espacio poco recurrentes para la literatura occidental (¿quién tiene en cuenta los pormenores de la vida en Kiev en los años 60?) pero más que interesantes en manos de un buen escritor. 

Una historia sencilla, sutil, de esas que se cuentan solas y son capaces de convertir el típico “¿De qué va ese libro que tienes todo el día entre las manos?” en una de las conversaciones más interesantes de la jornada. 

Sobre el autor

Leo por la red que Kurkov es uno de los escritores más famosos de Rusia, encasillado en la mal llamada literatura infantil. Que su mejor libro es Muerte con Pingüino y que es, a todas luces, hijo legítimo de la desaparecida Unión Soviética. Con episodio de militancia en el mismísimo KGV incluido. Y me quedo sin palabras. Feliz de la ignorancia y todo lo que me queda por descubrir del que sin duda es uno de los autores más interesantes del radar soviético contemporáneo.

Y continúo investigando hasta que Google Maps me transporta hasta el mismísimo Ochákov. Y repaso su escarpada línea de costa hasta que Street View me transporta a sus austeras calles en blanco y negro. Me fijo en las caras pixeladas e intento descifrar sus emociones. Entro en su mercado gracias a las fotos de sus visitantes. Y empiezo a reconocer sus siluetas. Siento su aroma atemporal. Un tipo con lo que parece un antiguo uniforme militar, mira a cámara con una amplia sonrisa. Su cara es nítida y lleva un libro amarillo bajo el brazo. Gracias Blackie por editar maravillas como esta.

Vozdevieja – Elisa Victoria Literatura para convencidos

No me gustan los libros sobre la infancia. O mejor dicho, los libros escritos por adultos pretendiendo ser niños. De hecho, creo que es algo que ni yo mismo sabía y que acabo de descubrir tras una lectura intensa de Vozdevieja. Y lo siento por la autora, leo en la pequeña biografía que Blackie adjunta en todos sus libros, que este es su gran debut literario. Elisa, lo siento en el alma, tu libro sin duda tiene virtudes, pero los defectos pueden con la historia.

Y es que Vozdevieja es ante todo un libro para convencidos. Un retrato generacional que emociona a sus coetáneos (véase a modo de ejemplo el rapero/escritor Tote King, recomendando la obra en una entrevista para la mediática Resistencia, presentada por David Broncano) pero que deja un poco fríos al resto de generaciones. Un recopilatorio de anécdotas, recuerdos, ideas, fotografías, sensaciones y olores cubiertos por una trama bien tratada que, tristemente, nunca acaba de explotar. Algo que tiene su lógica y que puedo llegar a entender, pero que acaba por condenar a lo terrenal, una obra potencialmente interesante.

Sobre la autora
Llegados a este punto, la pregunta es clara, ¿Cómo puede llegar una obra tan mediocre a un catálogo tan bien trabajado como el de Blackie Books? De nuevo lo siento, pero creo que la respuesta es clara: “Ha colaborado en revistas como Tentaciones, Vice o Playground”. Perfecto. Como decía el Schuster entrenador y aún a riesgo de equivocarme: “No hace falta decir nada más”. Así funciona el mundo editorial.

¿O como pensabais que Blackie Books se ha hecho un hueco en las páginas de Esquire? Los favores se pagan y por cada joya como Los Asquerosos, hay que pagar un Vozdevieja, vendida como el gran testimonio de su generación a cambio. Así son los negocios. Para vender libros, también hacen falta amigos.

Esa Bruma Insensata – Enrique Vila-Matas Alta literatura

Cuando pienso en Enrique Vila-Matas, me viene a la cabeza algo parecido al famosos Bulli de Ferran Adrià. Un producto de “alta cocina”, tremendamente elitista, donde la literatura al igual que la cocina, se reinventa receta tras receta. Una experiencia a menudo complicada de digerir, densa, profunda, compacta, difícilmente comprensible, donde el lector tan solo le queda la opción de sentarse en su mesa y comer sin preguntar.

Literatura para sibaritas a la que es imposible no engancharse.

O sí. Porqué Vila-Matas, al igual que el restaurante más famoso de todos los tiempos, no es el tipo de escritor que pueda encandilar a las masas. Para eso están J.K Rowling o Jo Nesbo. Para eso existen Jamie Oliver o Carlos Arguiñano. Vila-Matas requiere paciencia, tiempo, voluntad. Un ejercicio de fe y tenacidad. Un salto a un vacío de genialidad, al que, sin saber cómo ni porqué, siempre quieres regresar.

Esa Bruma Insensata

Así que poco importa si su libro transcurre en Cadaqués o en Dublín. Si su protagonista está obsesionado por obras inéditas perdidas en el tiempo o con una colección de citas recopilada de manera críptica y obsesiva. Vila-Matas siempre es Vila-Matas. Con sus virtudes y sus defectos. Y es ese mismo hecho el que impulsa sus lecturas.

“Su energía de ausencia se notaba por todas partes.” “Los hechos se repiten en la historia, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa”. Larga vida a Vila-Matas.

Peyton Place (Pueblo pequeño, infierno grande) – Grace Metalious Un libro en blanco y negro

En el mundo del deporte, y estoy pensando en el fútbol, aunque supongo que la metáfora puede aplicarse a todas y cada una de las disciplinas atléticas, existen jugadores capaces de lo mejor y de lo peor. Auténticos virtuosos con el balón, expertos en fallar goles a puerta vacía de forma incomprensible, que tras cinco minutos son capaces de levantar estadios enteros con remates imposibles.

Algo así me pasa con Peyton Place (Pueblo pequeño, infierno grande), una olvidada obra norteamericana editada a principios del siglo XX, rescatada del baúl de los recuerdos por Blackie Books para el nuevo milenio. Un libro denso, testimonio directo de una época perdida en el tiempo, lleno de virtudes y de pasajes realmente brillantes, que al igual que el futbolista intermitente, es capaz de despertar amor y odio por partes iguales.

Y es que a pesar de contar con todos los ingredientes esenciales para convertirse en lo que podríamos considerar como una obra maestra (su detallada descripción de los valores y las costumbres de la sociedad americana de principios del siglo XX es realmente remarcable), falla en algo realmente imperdonable:

Es aburrido.

Y no me sirven excusas de la época, el contexto, la traducción o la distancia. Fitzgerald nunca fue aburrido y me jugaría parte de mi biblioteca a que Grace Metalious deboró sus novelas con sumo interés antes de atreverse a catalogarse como escritora.

Éxito de ventas

Pero el libro fue un éxito en su época. Más de 30 millones de copias vendidas, número uno en la lista de best sellers del New York Times en 1956 y la siempre atractiva etiqueta de “escándalo” literario grabada a fuego en cualquiera de sus ediciones, lo convierten en una obra clásica (le pese a quien le pese) de la literatura contemporánea occidental.

Algo así como una película de TCM Classics que todos sabemos que resulta imprescindible para entender la historia del cine (véase el Hombre que sabía demasiado del mítico Alfred Hitchcock) pero que pocos días al año estamos dispuestos a consumir con entusiasmo.

Una pena. Sentimientos encontrados en un libro imprescindible solo apto para valientes. Lo demás, puro márqueting.